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Revolución digital, revolución ética

Revolución digital, revolución ética

La cuarta revolución industrial cambiará para mejor la vida… o no. Dependerá de la ética humana en una nueva versión: la digital.

REEM, el primer robot policía del mundo, comenzará a patrullar las calles de Dubái. Este robocop de creación española mide 1,67 metros, pesa 99 kilos y, desde la pantalla táctil incrustada en su pecho, los ciudadanos podrán denunciar delitos, pagar multas o contactar con diferentes comisarías de la ciudad. 

También podemos hacernos amigos de Eugene Goostman, un adolescente ucraniano. Bueno, en realidad se trata de un chatbot que ha sido capaz de engañar a un 33 por ciento de los 150 jueces humanos que tuvieron que decidir si estaban conversando o no con un chaval de 13 años.

Y en la misma línea, la de averiguar si se está o no en la caverna de Platón, otra posverdad: en las últimas semanas se ha hecho viral una poesía de Espronceda que nunca escribió el poeta pero miles de personas dan por buena aunque incluye un error de fecha de más de siglo y medio. Porque la verdad es independiente de nuestras opiniones y estas adquieren mucha más importancia en la actualidad si son capaces de crear emociones.

Estos son apenas tres síntomas de la cuarta revolución industrial, la más disruptiva de la historia planetaria. Se calcula un impacto en el PIB cuatro veces superior al de la primera. Si en 2012 había en el mundo 8.700 millones de dispositivos conectados, en 2.020 serán 50.000 millones. También será exponencial su capacidad para transformar la sociedad y la vida de cada persona… aun a riesgo de que unos cambios tan veloces se descontrolen. Por eso uno de los debates más intensos en la vanguardia empresarial, científica y política es qué hacer ante ese riesgo.

La respuesta: un código ético que nos proteja de nuestros propios inventos. En particular los cerebros electrónicos, por ejemplo el de los vehículos autónomos conectados por 5G. Pero también a la biotecnología o a las redes sociales. “La tecnología es amoral, depende de nosotros cómo usarla, dónde trazar la línea”, dice Bill Gates.

 

A debate

¿Puede usarse un dron como el definitivo paparazzi? Accidente inminente, el vehículo autónomo decide si mueren tres personas atropelladas o el pasajero que lo compró, ¿prima la cantidad, la propiedad? Si se demuestra que el fallo en un accidente fue tecnológico, ¿responden los diseñadores del software? ¿Cómo disuadir una campaña de embustes políticos difundida por software hacker que una vez se hace viral ya no tiene remedio?

Ética digital Telefónica Educación Digi
Robots de combate más inteligentes que un superdotado, coches que deciden si el pasajero debe vivir en pro de un peatón… la verdad asediada por la posverdad y un debate que trasciende las pantallas de cine. Una nueva innovación se hace necesaria, la de la ética.

La polémica más encendida: la inteligencia artificial, robots y programas capaces de aprender, pensar y actuar por sí mismos hasta independizarse de la tutela humana, al menos en teoría. Paul Saffo, profesor de Stanford y experto en inteligencia artificial, advierte: “Quien diga que las máquinas no pueden hacer tal o cual cosa, se va a arrepentir”. Elon Musk es de los más beligerantes. Para el fundador de Tesla, los chatbots podrían incluso desatar una guerra publicando en las redes noticias falsas y robando cuentas de correo electrónico. Musk dice repudiar el exceso de regulación, excepto en este caso. Como en el cambio climático, opinan que prima el principio de precaución. Mejor pasarse de alarmistas. Y alarmistas les consideran otros gurús. Mark Zuckerberg, por ejemplo.

 

Constitución digital

¿Exceso de regulación? O regulación, sin más. Algunas compañías tecnológicas reclaman en España y después el mundo una constitución digital que regule el comportamiento de redes, máquinas y personas. La Unión Europea ya ha creado una comisión especial sobre regulación jurídica. Estudian, entre otras medidas, cobrar impuestos, incluida la cuota de la Seguridad Social, a las máquinas para compensar la pérdida masiva de trabajo. Considerar el estatus jurídico de “personas electrónicas” con derechos y sobre todo obligaciones. O el principio “roboético” para controlar la gestión de datos privados y que siempre prime la autonomía humana frente a la de un programa.

La academia se mueve. Varios gurús de Silicon Valley, entre ellos Ray Kurzweil, fundaron la Universidad de la Singularidad para centrarse en el uso benéfico de la tecnología. Algunos de sus miembros, además de Musk y Hawking, apoyan iniciativas como los 23 Principios de Asilomar que exigen leyes inequívocas para no ceder toda la responsabilidad a la inteligencia no humana en decisiones médicas o financieras. Incluso piden limitar la fabricación de soldados IA como el Kalashnikov: “Si no hay tantas víctimas humanas, a los países les importaría mucho menos entrar en guerra”, dice uno de los firmantes.

En el siglo XIX había niños de cinco años trabajando en las minas, solo ellos cabían por las galerías más estrechas. Ya no. Un país tras otro legisló en contra. Ese sería el modelo de paso a paso sin pausa que reclamaba el filósofo Hervé Fische en un foro ético celebrado en Canadá: “Creamos Naciones Unidas y todos los días nos quejamos de que es impotente para muchas cosas. Sin embargo seguimos creyendo en ella”. “Hoy el sentido de la vida está ligado a la tecnología digital. Necesitamos un humanismo tecno-científico y digital”.

“Hoy el sentido de la vida está ligado a la tecnología digital. Necesitamos un humanismo tecno-científico y digital”, Hervé Fische


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