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Intergenerational Learning Centre: aprender de los mayores, recordar con los pequeños

Intergenerational Learning Centre: aprender de los mayores, recordar con los pequeños

En el Mount Saint Vincent de Seattle (EE. UU.) niños y ancianos (re)descubren el mundo juntos a través de juegos y actividades en un clima de intercambio, colaboración y solidaridad.

Han nacido en años, siglos y milenios diferentes. Pero las décadas que los separan son también las que los unen. Cinco días a la semana conviven en un mismo espacio en el que comparten intereses, juegos y actividades intercambiando experiencia por frescura, saber por inocencia, calma por energía.

El hogar de ancianos Mount St. Vincent, situado al oeste de Seattle, se transformó en 1991, cuando abrió sus puertas también a los más pequeños. Con ellos llegaron las risas, el bullicio y la alegría. Una década antes ya había surgido la idea de incorporar a la dinámica habitual del centro un programa de cuidado infantil. Tras investigar la viabilidad de la propuesta y valorar su interés para residentes y empleados se puso en marcha. Hoy son 125 los niños de entre seis semanas y 5 años y más de 400 ancianos los que participan en el Centro de Aprendizaje Intergeneracional (CIT) demostrando cada día los beneficios de la educación intergeneracional. La particularidad del programa es la integración de los espacios: niños y residentes comparten aula y forman parte de una misma comunidad. Una comunidad, en palabras de Charlene Boyd, administradora del centro, “activa y vibrante, a la que la gente viene a vivir y no a morir”. En ella, los profesores juegan un papel fundamental. Actúan como facilitadores y guías, animan a pequeños y mayores a resolver cuestiones cotidianas y a asumir la responsabilidad de sus acciones. “Les enseñamos a poner solución a sus problemas lanzándoles preguntas, sugiriendo ideas y animándoles a aportar las suyas propias. El feedback es muy positivo”, comenta Marie Hoover, directora del centro.

Win-win: todos ganan

La educación intergeneracional persigue el desarrollo de las personas desde dos perspectivas: la individual y la social. Desde el punto de vista individual se apoya en la eliminación de estereotipos, el aprendizaje colaborativo y la búsqueda de la felicidad. Y en el plano social, en la ruptura de barreras, la solidaridad y el bienestar. Programas como el que se desarrolla en el CIT contribuyen al aprendizaje a lo largo de la vida así como al envejecimiento activo, fomentan el respeto y, lo que es más importante, benefician a ambas generaciones. Porque este tipo de enseñanza ayuda a los mayores, convirtiéndolos en referentes de aprendizaje y reintegrándolos en la comunidad pero también a los niños transmitiéndoles una imagen positiva y realista del envejecimiento, mostrándoles distintos modelos de conducta y brindándoles la oportunidad de dar y de sentirse necesitados. Según Matt Kaplan, profesor de programas intergeneracionales en la Universidad Estatal de Pensilvania, “en las residencias de ancianos las políticas tienden a ser rígidas. Todo está pautado: en qué se invierte el tiempo, dónde…”. Suelen ser espacios en los que, en vez de nacer de forma natural, las relaciones surgen en un marco impuesto por los profesionales. En Providence Mount St. Vincent, sin embargo, prima la espontaneidad y la frescura: los mayores despiertan de su letargo gracias a la vitalidad de los más pequeños y estos últimos reciben el más valioso de los aprendizajes: la experiencia. Una simbiosis tan sencilla como perfecta.

Presente compartido

Fue precisamente la sencillez del concepto lo que intrigó a Evan Briggs y le impulsó a crear Present Perfect, un documental que pone explora los lazos entre los mayores que residen en el Mount St. Vincent y los niños que acuden al centro. Briggs sentía curiosidad por esos dos grupos que, a pesar de ocupar lugares opuestos en el ciclo vital, cantan, juegan, bailan y disfrutan juntos. No comparten un pasado ni tampoco un futuro pero sí un presente en el que precisamente la diferencia de edad les hace estar alineados. La película refleja ese presente, ese punto de encuentro para los que aprenden y los que recuerdan, para los que crecen y los que envejecen dentro de las paredes de un lugar tan especial como el Providence Mount St. Vincent de Seattle.

Los mayores despiertan de su letargo gracias a la vitalidad de los más pequeños y estos últimos reciben el más valioso de los aprendizajes: la experiencia

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